Los rasgos kafkianos, una conversación con Diego Sztulwark frente a la tristeza política

En julio, Diego Sztulwark publicó: “El temblor de las ideas. Buscar una salida donde no la hay” (Ariel, 2025). Conversamos sobre el libro, nuestra impotencia política y el temblor de nuestros lenguajes

Por Gerónimo Vianelli

Diego Sztulwark estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es autor de tres libros y forma parte del equipo editor de Tinta Limón Ediciones . También es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política. Se ha desempeñado como docente invitado en la Maestría de Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y participa del CELS.

“El temblor de las ideas. Buscar una salida donde no la hay” (Ariel, 2025), es su tercer libro. Comenzó a escribirlo tras el intento de magnicidio a Cristina Fernández de Kirchner, y lo finalizó en mayo. Está estructurado en tres partes. La primera es un ensayo sobre la coyuntura argentina. La segunda, un diario político motorizado por preguntas y sensaciones antes que diagnósticos. Y la tercera, una lectura de y sobre Franz Kafka.

Estos tres ejes dialogan entre sí, ya que Kafka es tomado como insumo para interpretar la realidad política y es transformado en herramienta para descubrir los padecimientos de los cuerpos y las ideas.

Sztulwark entiende que los conceptos tienen una potencia explicativa, y asume que, en la experiencia social, los conceptos disponibles para entender los fenómenos del presente ya no resultan satisfactorios. Se encuentra ante la necesidad de buscar nuevos lenguajes y palabras que vuelvan a signar la realidad. Por esto, tras un movimiento extraordinario, llega a Kafka.

Fui a Kafka no por osadía, sino porque estaba desesperado”, expresa Diego.

Lo que se nombra como “temblor de las ideas” es la incapacidad de las categorías, materializada tras la intervención de Fernando Sabag Montiel. Ese acto volvió visible nuevas fuerzas que golpeaban a la puerta de lo imaginable. Tiempo después, durante el juicio, Diego comprendió que la espontánea reacción de ir a Plaza de Mayo, a defender la democracia de una amenaza indeterminada —porque no se sabía a quién respondía— era apenas un primer momento de temblor.

Frente a situaciones previas la multitud había sido eficaz, sobre todo si se mira la construcción de sentido de los derechos humanos. Frente a los Carapintadas, frente al 2x1. Pero en Sabag Montiel apareció algo distinto. Una inversión radical del problema de la lucha armada: un personaje actuando en nombre de un guión escrito previamente por las redes sociales. O sea, una aparición notable del mundo digital en el universo de los cuerpos.

Sabag Montiel le mostró al mundo de la izquierda y del campo nacional popular todo lo que ya no era capaz de hacer. Estos mundos ya no podían hacer performances públicas. Ya no tenían discursos contra el poder. Ya no eran capaces de actuar con coraje físico. Por todo esto, ese hecho fue ensordecedor. Montiel fue un reaccionario torpe de muy poco nivel y sin embargo puso toda nuestra tradición política frente a su propio conformismo y su propia impotencia. Un año después, el presidente de la Argentina pertenecía al mismo conjunto psicopolítico que Sabag Montiel. Milei emergió de este problema, volviéndose a su vez problema.

Pero hubo bloqueos previos que lo hicieron posible, anuncios subestimados y una fuerte carencia de recursos y de herramientas para enfrentar la amenaza. Esta sumatoria de impotencias constituyó el temblor que nos sacude hasta hoy. Un temblor que no termina en los cuerpos. Que atraviesa ideas. Que pregunta, asombra, inquieta.

Un primer glosario del libro podría decir entonces; estupor, asombro, perplejidad, temblor.

Sztulwark piensa en Luigi Mangione, intenta compararlo con Montiel. Mangione, ese chico nacido en Towson que asesinó en diciembre de 2024 a Brian Thompson (CEO de UnitedHealth Group, empresa estadounidense de seguros de salud).

Hay dos tipos de ejecutores en observación. Sabag Montiel vs Mangione. El primero es una prefabricación de las propias estructuras de poder. Mangione, en cambio, está buscando que la sociedad vea un problema y actúe frente a ese problema. Asume que en la cultura estadounidense la problemática de la salud no está en discusión. Las multinacionales roban dinero de manera brutal y el desprecio que tienen por la vida es extraordinario. Él actúa, según su criterio, haciéndose cargo tanto de la complicidad de los políticos como de la pasividad de las personas. En palabras de León Rozitchner: “el gesto de un único individuo intenta hacerse cargo de la pasiva indignidad de todo un pueblo frente al fascismo”.

Con Montiel sucede otra cosa. Emerge una sensación de entrampamiento. Diego trabaja la idea, su descripción de esta noción de trampa tiene un origen: la pandemia. No es novedad, todos sabemos que la pandemia nos afectó. Nos mostró una desigualdad social muy extrema entre quienes contaron con las condiciones para hacer un aislamiento agradable y quienes no. Muchísimas personas tuvieron que salir a la calle a trabajar, corriendo riesgos de salud y exhibiendo la falta de condiciones de cuidado que se suponía debían tener.

Además, la pandemia fue un momento transitorio donde creímos que podíamos realizar una revisión del conjunto de automatismos que guiaban nuestro cotidiano. No trabajar, no ir a clases, supuso una suspensión de estos automatismos que podría haber dado pie a una experiencia emancipatoria. Sin embargo, sucedió lo contrario. Se establecieron con una fuerza brutal nuevos automatismos, esta vez mediados por las tecnologías. Formas de pago, formas de trabajo, formas de educación, formas de relaciones sexuales, formas de consumo. Creció entre nosotros una materia virtual intermediando nuestro contacto. Y esto, claramente, supuso para la vida política tal como la conocíamos, un trauma. Nos volvió imposible la idea de construir una fuerza. Porque una fuerza implica un cuerpo, y lo acabábamos de perder.

Ya no tenemos la gimnasia o la confianza de que en el plano de los cuerpos hay una correlación entre el esfuerzo y el riesgo que se cobra, con la capacidad de ser efectivos”, enfatiza el entrevistado.

Mientras tanto, las clases populares incrementaban su experiencia de hastío y bloqueo. Apareció el mileismo como una nueva fuerza, instrumento para las voces que habían quedado bloqueadas, dispersas, fragmentadas. Para las fuerzas que tenían un malestar inexpresable producto de la pandemia el voto a Milei fue entonces “la expresión electoral de los humillados, buscando humillar a sus humilladores”, según opina el escritor.

Esta nueva derecha nacional pasó a la ofensiva y tomó la palabra. Denunció nuestros consensos democráticos y a la retórica que reguló la pandemia. El mileismo cristalizó las tendencias digitales. Fascismo de redes (fascismo 2.0 / posfascismo). Su expresión devino en políticas concretas, de discurso digital a padecimiento de los cuerpos. Antes Sabag Montiel, después los pacientes de cáncer sin tratamientos oncológicos. El hambreamiento a los jubilados. El desfinanciamiento de mediaciones culturales. El récord de recorte al sistema universitario.

Si antes hubo un movimiento obrero y trabajador organizado hoy hay solo un espectro de mil rostros de lo igualitario, incapaz –por ahora– de emerger como potencia política. El mileismo es una producción de subjetividad al servicio de desarticular esa potencia política. Es un movimiento de la subjetividad destinado a renovar los medios que aseguran las invariantes del sistema: explotación, despojo. Es una actualización histórica que intenta desprenderse del lastre del pacto social y político (garante de mediaciones y regulaciones de las que la derecha busca prescindir).

¿Qué podemos aprender políticamente de Kafka?

Insertos en una realidad absurda, quienes históricamente hicimos uso de la palabra “transformación” en nuestras experiencias militantes, nos despertamos un día, transformados por una fuerza desconocida e innombrada. Como Gregorio Samsa en La metamorfosis (o La transformación), mientras dormíamos, algo nos transformó en un bicho repugnante. Repugnante e impotente.

Diego dice: ¿Qué hacer entonces? ¿A dónde mirar cuando la lente que señala el futuro nos devuelve la imagen de la trampa? Porque no tenemos el derecho de rendirnos. No tenemos el derecho a hacer de cuenta que no aprendimos lo que aprendimos. Tenemos que sostener cosas. No sabemos cómo, pero hay que sostenerlas. Tenemos que encontrar los términos que nos permitan sentir que seguimos librando un combate. Seguir buscando una dimensión de enemistad. Una enemistad sobre todo cognitiva. Pensar contra.

Vivimos en un estado de impotencia. No hay potencia ni de pensar ni de actuar. Diego encuentra que en Kafka tampoco la hay. Pero que en su literatura sucede una especie de exclamación: Yo sigo igual. (En Piglia también lo encuentra: No puedo escribir. Escribo.) Una suerte de rezo: No sé cómo hacerlo. Lo hago igual. En sus diarios, Kafka anotó: "No puedo escribir en idish, no puedo escribir en alemán, no puedo dejar de escribir”. Un conjunto de impotencias del cual extrae una escritura. Aséptica, sí, pero escritura al fin. De la impotencia (triple) a la potencia.

Este carácter ascéptico hace a Kafka un escritor sin categorías. Es decir, un escritor experiencial. No despega el lenguaje de la experiencia. No despega el lenguaje de los afectos. Investiga qué ocurre con los afectos. Está cerca de lo que ocurre. Especula. Revisa. No se separa de su desesperación.

En la parábola “Ante la ley”, un campesino se enfrenta a las puertas de la ley e intenta entrar, pero un guardián no se lo permite. Le dice que aún si pasara habría más puertas y más guardianes, cada vez más gigantes y difíciles. El campesino espera mucho tiempo, envejece esperando el momento de avanzar. Ya cansado y viejo le pregunta al guardián por los demás (pregunta que puede ser leída políticamente ¿dónde está el pueblo? ¿dónde está la potencia colectiva?) y el centinela responde: esta puerta estuvo abierta sólo para vos, ahora la voy a cerrar.

En el cuento “Un informe para una academia” Pedro el rojo –un mono que para librarse de su enjaulamiento aprende el lenguaje de los hombres– es invitado por académicos a disertar sobre su pasado de mono. No puede hacerlo. Explica esta incapacidad; sus afectos de mono están olvidados, su transición al lenguaje de los hombres le modificó sus potencias y sus afectos.

En la novela “El Castillo”, un agrimensor “K.”, llega a un pueblo dominado por un castillo de donde proviene el poder. K intenta sin éxito encontrar a los funcionarios del castillo para que lo autoricen a quedarse en el pueblo y trabajar, pero se enfrenta a una burocracia absurda. Su búsqueda se vuelve cada vez más confusa. El castillo es tanto un edificio real como una metáfora de la exclusión y de la imposibilidad de alcanzar la justicia.

En “El Proceso”, Josef K es arrestado por razones que desconoce e intenta defenderse de algo que no sabe qué es. No consigue librarse de su ejecución.

Sztulwark propone pensar en cómo está constituida nuestra vida frente al trabajo precario, a la mediación de nuestra existencia por las tecnologías distantes, a las secuelas de la pandemia, etc. Y entiende que nuestro saber de potencias está interrumpido, en el sentido de entrampado. Lo cual supone un paralelismo con “la enorme elocuencia literaria de Kafka”. No es la intención reproducir las premisas de las historias kafkianas. Más bien indicar aquello que genera eco en nuestras sensibilidades. Los personajes de Kafka no entienden lo que les sucede. No saben lo que está pasando. No pueden ver con claridad. Pero están en movimiento. K no ve el castillo, pero lo busca. Pedro el Rojo busca salir de la jaula, se fabrica en una salida.

Aparece entonces un segundo glosario: impotencia, trampa, incertidumbre, movimiento, acción, potencia.
En el trabajo de Sztulwark existe una seguridad. A pesar de la incertidumbre, subyace a toda su propuesta un optimismo. Ante la incertidumbre hay una convicción: de la imposibilidad deviene una potencia. Por eso su subtítulo: buscar una salida donde no la hay. La potencia no está, a priori. Pero ante la impotencia, con movimiento y búsqueda (como el héroe kafkiano) esa potencia aparece. Una cuestión final sería ¿De dónde viene esa convicción?

Diego responde: “La vida es un esfuerzo por perseverar en la existencia. A mi me parece que nosotros estamos acá. Y yo no le creo a nuestro enemigo cuando dice que nosotros no estamos ya acá. Que ya no somos parte del mundo. Que no expresamos ninguna fuerza. Que todo lo que decimos, todo lo que tenemos, todo lo que sentimos, toda la historia vivida, toda la lucha social, todas nuestras bibliotecas, todos nuestros libros, todo, todo, todo, no vale nada. Eso nos dicen a nosotros. Pero yo no consumo eso. Yo no creo eso. Yo creo que hasta el último momento nosotros estamos. Estamos e intentamos todo lo que podemos ponernos del lado de aquellas ficciones, de aquellas narraciones, de aquellas formas de lucha que permitan respirar y que permitan existir”

Y agrega: “Mientras estemos, mientras tengamos un lenguaje común, mientras tengamos una sensibilidad común, mientras podamos seguir preguntándonos cuáles son los afectos que estamos padeciendo, cómo es que el mundo actúa sobre nosotros, cuáles son los mecanismos de opresión, qué es lo que no soportamos, por qué a pesar de estar trabajando y estar estudiando tenemos todavía un momento para hacer cosas por amor, porque las queremos hacer, porque seguimos identificándonos con cosas. Mientras eso siga pasando, nosotros estamos acá, y el mero hecho de declarar que vamos a seguir estando, aún si no sabemos cómo, me parece una potencia”.

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