20 años de piquetes en el Puente Pueyrredón

Dos décadas pasaron de la Masacre de Avellaneda y junio sigue ardiendo rojo en Argentina. Andrés Masotto recorrió el Puente Pueyrredón junto a las organizaciones sociales y los familiares de los asesinados aquel 26 de junio de 2002.

Por Redacción Enfant Terrible |

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Por Andrés Masotto para Enfant Terrible

Hace 20 años el reportero gráfico Sergio Kowalewski documentaba, en ese momento y según sus palabras, "sin saberlo", un hecho criminal histórico: el cabo de la bonaerense Alejandro Acosta y el comisario Alfredo Fanchiotti fusilaban a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en el hall de la Estación Avellaneda, ahora Estación Darío y Maxi.

La historia es conocida, pero a la memoria hay que darle de comer: el país aún ardía en las llamas de un 2001 sofocante. La desocupación alcanzaba el máximo registrado y superaba el 21%, los movimientos sociales intentaban alertar al gobierno de Eduardo Duhalde acerca de la situación, pero no encontraban oídos dispuestos a escuchar; como si el Argentinazo no hubiera existido, nadie se estaba ocupando de enfriar la brasa.

El 26 de junio de 2002 condensó, entonces, el hambre, la desocupación, la violencia y la indiferencia de las autoridades. Hay un factor clave para comprender lo que sucedió: la tarea de los medios de comunicación –en connivencia con el gobierno, y en particular con Juan José Álvarez y Carlos Ernesto Soria– para criminalizar y deslegitimar a los movimientos piqueteros.

Antes del mediodía, cuando el frío álgido del río arreciaba en las orillas, se desató la represión: Prefectura, Infantería, el Grupo Albatros y la Policía Bonaerense en conjunto pusieron manos a la obra. Y cuando el telón cayó, había dos asesinados: Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.

Ambos promediaban los 20 años. Ambos eran militantes del Movimiento de Trabajadores Desocupados. No se conocían entre ellos. Jamás, según parece, habían cruzado palabras. Quizá sí miradas. Quizá sí se reconocían compañeros. Quizá. Y murieron juntos. Uno intentando salvar al otro. Uno rugiéndole al calibre policial que no dispare, que el otro estaba mal herido. Acá tampoco hubo oídos dispuestos. Las balas tronaron y la historia se forjó. A la luz del día, frente a ojos y cámaras. De eso se trata la impunidad.

En ese entonces, Beto tenía 19 años –o 20, no puede precisarlo– y participaba del MTR Florencio Varela. Dice que no le encontraba un sentido a la vida, que no había nada que le indicara para dónde ir: vivía al día, dispuesto a lo que surja.

"Veníamos haciendo cortes en el Puente Pueyrredón. Eran días de mucho frío. Había ollas populares. Ahí escuchábamos de oído ¿viste? lo que se conversaba. Escuchábamos a dirigentes que contaban cómo estaba la situación, que se quería cortar el país y dar vuelta lo que estaba pasando", señala.

Beto se incorporó al MTR y llegó el Plan Trabajar de Eduardo Duhalde: ciento cincuenta pesos a cambio de realizar alguna tarea comunitaria. Hacían pan, buscaban y lo cocinaban en hornos de leña improvisados para después venderlo. 

"Había mucha gente, muchas familias, muchos chiquitos sin nada para comer. Ibas y por ahí comías en el lugar y te podías llevar una bolsa de mercadería con comida. Era más que nada ir a comer. Lo que buscabas era comer", recuerda.

El 26 de junio de 2002 estuvo lejos de ser una casualidad: los movimientos piqueteros se estaban quedando sin brazos para sostener la crisis; por el lado del gobierno, urgía desarmar y poner fin a la organización social.

“Las semanas previas al 26 la relación con la policía era muy áspera. Estaba esperando cualquier motivo para reprimir. Era terrible. Veías a la policía que se te venía encima. Los veías y sentías el miedo. A veces no tenía ganas de ir por el miedo que me generaba la cara de los policías. Daba impresión. Me acuerdo cómo se venían con los bastones.”

Ese miércoles. Para Beto iba a ser una jornada como cualquier otra, pero apenas bajó del tren se cruzó al Comisario Alfredo Fanchiotti, y recuerda que:

"Bajamos del tren en la estación Avellaneda y pasamos por el mismo lugar donde después mataron a los dos pibes. Y lo crucé al Comisario: estaba desencajado, desesperado. Como un perro cuando está atado y se quiere arrancar la cadena para tirarse encima de otro perro más chiquito porque sabe que es más grande y tiene más poder. Vos pasabas por al lado y sentías el fuego que tenían”

Que no tuvieron tiempo de armar la columna que ya empezaron a escuchar tiros, cuenta. Que corrieron mientras el cordón de seguridad de su MTR se defendía de las balas que, se supo después, eran de plomo. Que, por supuesto, no hubo movilización. Volvieron, no recuerda si en el mismo tren o en un micro, y al día siguiente se enteraron.

“Podría haber sido cualquiera de nosotros. Podríamos haber sido partícipes. Porque ellos empezaron a tirar a la gente. Mirábamos la televisión y revivíamos que habíamos estado ahí, habíamos pasado por el mismo lugar. Marcó un antes y un después en nuestras vidas porque empezamos a ver las cosas de diferente manera. Yo empecé a cambiar mi forma de ver las cosas, porque fue injusto.”

Hoy es el Año XX según el calendario piquetero y las columnas de organizaciones y movimientos rebalsan el Puente Pueyrredón. La musicalización está a cargo de los palos que sacuden el guarda rail. La calefacción llega de las cubiertas ardiendo.

A la memoria hay que darle de comer, dijimos, y hoy se fue nutrida: las familias de Darío y de Maxi se hicieron cargo, una vez más, del acto central. Con el Riachuelo en el horizonte y pisando el mismo suelo donde cayeron ambos, hicieron el mismo reclamo que, tristemente, vienen sosteniendo hace 20 años.

Alfredo Fanchiotti y Alejandro Acosta, que en los días previos a esta jornada solicitaron la prisión domiciliaria, continuarán tras las rejas; pero los responsables políticos, los que allanaron el camino para la represión y dieron la orden, que muchas veces se autoincriminaron, siguen impunes.

¿Alguna vez pensaste qué harías vos en el lugar de Darío?

“Sí. Me mando de cabeza, así tenga que perder mi vida. Por un amigo, pero si no fuese amigo también. Tener una pequeña idea de lo que pasó con ellos pudo ser una marca. Porque el cuerpo de Maxi ya estaba sin vida e igual Darío fue a luchar por él”, cierra Beto.

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