La fuerza del sueño, crónica de una obra de teatro en el penal de Bouwer

Un grupo de artistas se encamina a dar un taller de teatro en el Penal de Bouwer. "JIG, bailecito para nada" llegó a la cárcel una tarde de invierno para desovillar su hechizo y hacer verdadera aquella máxima tan repetida y tan pocas veces cumplida: se puede hacer teatro en cualquier lado, solo es necesario el cuerpo y la expectación. En esta crónica en primera persona de Nacho Bisignano nos adentramos en el hecho artístico en el corazón del panóptico carcelario.
Foto: Azul Cooper

Guille Vanadía, reconocido intérprete y payaso cordobés me convoca para una desafiante propuesta: va a realizar su obra de teatro «JIG bailecito para nada» en la escuela de la cárcel de varones de Bouwer, y desea que yo prepare una charla post-función con los presos que la presencien. La actividad es impulsada por Milena Arce, una trabajadora social que se desempeña en el penal y que confía en el arte como instancia necesaria en el entorno carcelario. La idea me genera muchas dudas, pero una determinación inexplicable me hace aceptar la invitación de inmediato. En los días previos me preparé de todas las maneras posibles, estudié, armé el esquema del debate, pensé en como debía actuar ante cualquier contingencia, dialogué con mi psiquis de manera interminable para apaciguar los temores.


Pero más allá de cualquier preparación, los hechos se imponen y toda coraza es burlada por la inmanejable presencia de lo real. Irremediablemente el día llega y me subo a una chata cargada con toda la escenografía y las personas involucradas de la obra. Parece como si esta función fuera una más, como si estuviéramos dirigiéndonos a Teatro La Luna o Casa Grote, aunque nuestro destino es una microuniverso bastante alejado de los escenarios teatrales que pueblan la ciudad de Córdoba. Al lugar a donde vamos, las paredes no son el refugio del arte sino el encierro de almas ¿Tendrá algo que hacer el teatro en un lugar tan inhóspito?
Estamos llegando a la cárcel y tengo miedo.

Somos cinco, Guille, Ceci, Pato, Gastón y yo. Todos ellos parecen confiados y serenos pero en mi caso me embarga el temor. Dudo si vale la pena, me hago mil preguntas, imagino escenarios. No sé si estoy a la altura, no quiero mandármela, no quiero arruinar la actividad. Nunca había ido a un penal, mis prejuicios son enormes ¿Hacía cuanto que no me enfrentaba a algo tan absolutamente incierto?

Pasamos las primeras puertas y nos depositamos en un espacio de transición, esperando al director de la escuela que funciona dentro del establecimiento penitenciario. El momento se me hace eterno, no porque esté ansioso, sino por mi sensación corporal; me siento encerrado. Estamos en un lugar intermedio rodeado de puertas de máxima seguridad y barrotes anchos.

Pienso en la violencia cruda de este lugar, en lo terrible de quedarse aquí sin escapatoria, en lo doloroso de controlar el libre andar de un cuerpo. Dejé de pensar la realidad tormentosa de la sociedad y empecé a sentirla.

Es muy crudo estar aquí, en el lugar a donde las vidas no disponen de su actuar. Se percibe un olor denso, de humedad concentrada y recordé aquella frase: "el olor a cárcel no se olvida nunca"

Con nosotros está Mile, denota mucha seguridad y me otorga tranquilidad. Es nuestro guía en esta interminable transición de puertas y puertas, es nuestra Virgilio conduciéndonos por círculos concéntricos de un infierno dantesco que se hace cada vez más espeso. De repente llegamos a la escuela del penal. Sinceramente no es lo que esperaba. El ambiente es ameno y antes de percibirse la asfixia nos encontramos en un patio abierto, un pulmón que contradice los espacios inmediatos que acabos de transitar. El hedor se diluye y el ambiente se oxigena.

Los presos están allí, no siento prejuicio de ellos, tengo temor a los prejuicios de ellos hacia nosotros. Nada es más terrible que pensar cómo se es visto por el otro -por algo para Sartre el infierno son los demás-, pero recuerdo que tenemos la fortaleza de nuestro Virgilio, una trabajadora social que parece imponerse con la fuerza de su convicción. No sé bien como haré para interactuar, no quiero estar solo, me acerco lo más que puedo a Pato y Guille, me dan una confianza absoluta. Pato tiene calle, Guille tiene calle, yo tengo universidad -tal vez demasiada universidad-, encima. Ellos tienen plumas negras yo soy un animal despellejado. Sonrío mucho, no porque esté feliz, sino porque estoy nervioso, pero por suerte los nervios se canalizan en la risa. Apelo a una habilidad que sí tengo: miro a los ojos.

No sé porque, pero no me incomoda mirar al otro de frente, es algo que disfruto. Me gusta ver al otro sin mentira, me gusta conocer la humanidad que emanan las pupilas. Por lo tanto me aferro a sonreír y mirar fijo a los ojos como remedio para mi reinante incertidumbre. Al rato me olvido de que estoy en la cárcel, me siento en la escuela. Guille se prepara, la escenografía también va tomando su lugar. Charlo con Ceci y Gastón
de cualquier tema, todo se vuelve una tarde más de evento cultural. Ya no tengo trabas con los reclusos, no tengo miedo ni distancia, la instancia se vuelve cómoda.

Una danza onírica

«JIG bailecito para nada» está por dar inicio, un unipersonal cómico que busca el lado lúdico de lo existente a través de bailes y recursos clown. Pero la atmósfera carcelaria no parece adecuarse ni a la comedia ni al juego, se hace difícil imaginar que allí pueda imponerse un acto artístico, más bien se percibe lo contario ¿Cómo realizar el salto de la vida a la ficción? ¿De qué manera el arte puede salpicar esta seca realidad abigarrada? Sin antesala, sin apagón y sin escenotécnia, la función comienza.

Frente a los espectadores solo hay algunos elementos escenográficos y un payaso vivaz. Luego de unos primeros minutos tensos, toda duda se disipa y la poética teatral inunda todo a su alrededor. Guille marca la cancha de una manera formidable: en contra de todo conquista el espacio y la atención, ni la luz del mediodía que desnuda la figura, ni la falta de ambiente de sala, ni la amplitud del lugar detienen la fuerza aplanadora del artista. El hecho teatral se consuma, y se vuelve verdadera aquella máxima tan repetida y tan pocas veces cumplida: se puede hacer teatro en cualquier lado, solo es necesario el cuerpo y la expectación. En la interrupción irónica de lo esperable, Guille demuestra que algo tan sencillo como emprender el juego puede desmantelar la belleza oculta de la emancipación. El poder del teatro no deja de asombrarme.

Me compenetro con la obra, me olvido del contexto y sólo percibo las secuencias que el intérprete-payaso despliega. A veces vuelvo ante comentarios de espectadores que referencian su hábitat, hay un entrar y salir de la obra que desmiente esa exagerada pretensión de autonomizar el arte, la obra abierta gana en belleza, gana en contenido, gana en dinámica. Aunque por momentos lo único que exista sea «JIG», me detengo en detalles que en la función que disfrute en Teatro La Chacarita no había notado: lo referido a la muerte se me hace más latente, hay algo de lacerante en ello.

No es casual que La Chacarita también sea el nombre del cementerio de la tumba de Frank Brown – inspiración capital en esta obra-, aquel mítico payaso capaz de prestarle una broma a cualquiera de sus visitantes. El payaso del pasillo 9 que engaña a todos con su estadía en el sector 6, el payaso que le gasta una broma a todos sus visitantes confundiendo su sitio de descanso, el payaso que impacta lo visible desde las fuerzas eternas de lo invisible, el payaso que se burla de la vigilia desde el sueño eterno. Lo que observo de «JIG» me interpela en un sentido muy diferente al de mi primera expectación en una sala tradicional del teatro, ahora el llanto del clown, la muerte y el dolor los percibo con otra tónica, las fuerzas del entorno carcelario moldean lo visible.

Foto: Azul Cooper


Más allá de lo consciente, hay algo de lo periférico, de lo inconsciente, de lo onírico, que devuelve realidad a la verdad ficcional que vemos ante nuestros ojos. Hay un vaivén interminable entre un marco otro, entre el tiempo profano y el tiempo sagrado, entre el acto teatral y el acto real, se salta a los tumbos como dialéctica amorfa y tosca de un sendero plagado de secretos poéticos. Aquellos destellos tristes que exhala «JIG» resignifican mis interpretaciones previas de la obra. El contexto no degrada el arte, el arte crece a pasos
agigantados.


Era un despropósito no venir aquí, era necesario atravesar esta tormenta de inseguridades que asolan a un inexperto bicho de la clase media progresista e intelectual. Un espectador pregunta nuestros motivos para hacer una obra en este lugar, Guille responde: “Es corporal, es algo que se siente, sentía que quería estar acá”. Tiene razón, el pensamiento languidece ante lo que el cuerpo demanda, y sobre todo en este sitio, en donde la violencia y la poesía se vuelven piel rasgada y porosa.

Disfruto de la vivencia, se crea un conversatorio muy rico, descubro saberes fascinantes desde la boca de Gastón, aprecio los comentarios sinceros de los espectadores, aprecio la valentía de las dos mujeres que nos acompañan para hablar con soltura en este lugar tan masculino. Salimos, nos despedimos de nuestro Virgilio protector, que hace tiempo dejo de proteger y paso a ser compañera, por lo menos para mí. Agradezco haber experimentado esta verdad artística, jamás me imagine que escribir sobre teatro me iba a llevar a vivenciar hechos tan contundentes, nunca quise esto, nunca lo imaginé, pero si era lo que necesitaba, mi cuerpo lo pedía, mi sueño lo exigía, mis fuerzas invisibles lo demandaban.

Me niego a encasillar este hecho como una experiencia anecdótica, no es una actividad que se suman al cúmulo de experiencias que uno cuenta como parte de su curriculum vivencial. Uno no milita, ni escribe, ni actúa para tener experiencias, uno hace para ser. Aquí no tuvimos experiencia, experimentamos. Experimentar es sentir el fragor de lo presente, es lanzarse a descubrir porciones vitales de aquello que desborda los cálculos, que destierra los prejuicios, que dinamita las coordenadas de la planificación. Experimentar se trata del sueño, de aquella fuerza arrolladora que se cocina en el fulgor de la potencia colectiva.

“Una silueta amorfa y desfragmentada presume lo grotesco, presume un sueño: vestir la bestialidad y su infancia (…) A la guerra, nada. A la desidia, la mirada. A la libertad, todo el desparpajo.” Estas bellas palabras corresponden al poema que Pato escribió sobre la singular función de «JIG» en Bouwer, no es casual que ella también encuentre en los sueños la fuerza oculta de la libertad. El escrito de Pato me ayuda a cerrar momentáneamente algo interminable, infinito, imposible de clausurar, quizás su lectura permita atravesar el transito permanente de todo cuerpo que se vio afectado por la fortaleza indescriptible del arte verdadero.

Aquí el poema completo:

Implosión.

Por Patricia Avila

Doy dos pasos y una puerta se cierra.
Doy dos pasos y otra puerta se cierra. 
Que tiemblen y se marchiten los herrajes.
 ¡tengo alas!

 
La madre se retuerce y espera,
ese ombligo lo ovilla,
a pesar suyo…
Hierve la sangre,
taza a taza  la enfría, 
lo que añora, ya no regresa.
Implacable, en  sus pasos, 
el iris colosal escupe destierro: 
Hay cuerpos sin cuerpo.
El aire supura humedad y frío,
la  permanencia sucumbe inerte
en sus ojos, el herrado del cuero.
A la guerra, nada.
A la desidia, la mirada.
A la libertad, todo el desparpajo.

Entre rejas, 
una diáfana melodía, 
esquiva la jaula y reclama el juego.
Una silueta amorfa y desfragmentada
presume lo grotesco, presume un sueño:
vestir la bestialidad y  su  infancia.
Entre rejas 
el hambriento cautiverio: 
desplegar alas y no tener vuelo,
del  cuidado en manos de lo siniestro 
la servil cornisa que define lo bueno, 
el perro que lame su propio veneno.
A la guerra, nada.
A la desidia, la mirada.
A la libertad, todo el desparpajo.

Licenciado y profesor en Filosofía. Especializado en estética y filosofía del arte. Escribo ensayos y críticas sobre el teatro cordobés, también hablo de eso en “TeatroRadio” (Radio Gen 107.5).

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